Capítulo 2: Los veraneantes

A los veintiséis años, mis padres ya me daban por encauzado. Había ido a la universidad a Santiago, dos años, comenzando dos carreras distintas sin aprobar ninguna asignatura. Finalmente regresé tras la negativa de mi padre a pagar una tercera matrícula. Ante su desazón, pues soñaba con un hijo licenciado, su hermano, un reconocido escultor, le aseguró que haría de mí un hombre de provecho.

No tardó mucho mi tío en ver que mis dotes artísticas brillaban por su ausencia, y terminó llevándome a la fundición donde se ocupaban de que sus esculturas de cera se convirtieran en bronce. Decía que sería con el tiempo el encargado de que sus esculturas quedaran perfectas para lucir brillantes en las plazas mayores de los más importantes municipios de Galicia. Nunca llegué a acercarme a ninguna de sus esculturas, que veía entrar de cera y salir de bronce sin tan siquiera haberlas visto suficientemente de cerca para saber lo que representaban. Él mismo había dado órdenes estrictas de que me mantuviera alejado de sus obras, lo supe años más tarde cuando durante las fiestas del pueblo el capataz de la fundición, el camarero y yo habíamos perdido la cuenta de las copas de aguardiente de hierbas. Fue así como terminé aprendiendo el oficio de soldador. Mi actividad consistía en soldar las patas de las mesas y sillas “de las que ya no se hacían” rotas tras décadas de uso.

El último viernes de cuaresma regresaba a casa durante la puesta de sol, con el cuerpo todavía ardiendo tras diez horas derritiendo metal, cuando justo antes de empujar la puerta de casa un ruido llamó mi atención del otro lado de la carretera. Cuando miré, mi incredulidad era tal que tuve por un momento la certeza de que estaba soñando. Allí, ante mis propios ojos, por la doble escalera de piedra que nunca había demostrado capacidad para soportar el peso de una persona, seis humanos con maletones de colores vivos subían con insultante naturalidad. Lo que nunca se había visto hacer a nadie lo hacían de una forma banal, riéndose a carcajadas y hablando a gritos, como queriendo hacer notar su presencia.

Me quedé paralizado. Los observé mientras subían, abrían las tres cerraduras de la puerta con tres o cuatro vueltas de llave y entraban por la estrecha puerta poniendo las aparatosas maletas de lado. Finalmente cerraron la puerta tras de sí y la Casa volvió a tener el aspecto solitario de toda mi vida. Miré a las palmeras y me pareció que habían cambiado de cara, pasando de su habitual mirada amenazante a una media sonrisa que me pareció mucho más inquietante.

Miré entonces en dirección a la casa de mis padres. Tras las ventanas, sin abrirlas, protegidos por el reflejo de la luz, observaban atónitos ellos, con nuestros familiares y algunos vecinos. Ni siquiera habían notado mi llegada.

Ese día, durante la cena, nadie comentó la llegada de aquellos coloridos visitantes a la Casa. En realidad, nadie comentó nada. Nadie se atrevió a levantar la mirada y hubo un silencio plomizo, que ni siquiera era tenso pues nadie tenía voluntad alguna de romperlo.

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