Capítulo 1: La Casa

El primer recuerdo de mi vida es asomarme a la ventana y ver, entre los coches y camiones que pasaban a la carrera por la carretera general, aquélla que nunca debía cruzar solo, la silueta imponente a contraluz de aquella Casa majestuosa. Siempre la imaginé encantada. En su interior sólo podía haber reuniones de fantasmas entre montañas de juguetes rotos, telarañas y suelos de madera en los que faltaban trozos de tablillas por donde cualquier humano con piernas quedaría atrapado para siempre.

Nunca me atreví a acercarme ni tan siquiera a su cancela oxidada con finales en punta, en los que a buen seguro cientos de incautos habían quedado convertidos en pincho moruno. Aquellas dos palmeras que superaban la ya imponente altura de la Casa vigilaban día y noche y yo podía sentir su mirada amenazante con tan sólo pensar en ellas. Nunca había visto entrar ni salir a nadie por la puerta de la casa. Incluso llegué a pensar que no tenía mecanismo de apertura y no era más que un muro con forma de puerta. Por el jardín una vez por semana se veía trabajar a Lalo, más conocido como “el tonto del pueblo”. Recogía las hojas y la maleza con un rastrillo, lo metía todo en una bolsa y la tiraba al contenedor. Después iba al bar a pedir la paga correspondiente a esa labor, que Don Jaime, el dueño, le daba después de invitarle a beber algo. Nunca entendí por qué Don Jaime pagaba a Lalo. Con el tiempo asumí que se trataba de una limosna como otra cualquiera.

Todos los sueños que recordaba al despertar habían sucedido en aquella Casa. La mayor parte eran pesadillas en las que tenía que huir por túneles y toboganes kilométricos escapando de las garras de los personajes más diabólicos, a los que siempre faltaba algún brazo, pierna, ojo o media cabeza. Nunca se los conté a nadie. En nuestra familia jamás oí hacer referencia alguna a la Casa. Tampoco recuerdo que nadie prohibiera hablar de ella. Simplemente, no se hablaba y yo no me atrevía a preguntar. Al fin y al cabo, si no se hablaba de ella, cuando en las comidas se hacía un repaso de todos los habitantes del pueblo, sus fincas, sus tierras y sus negocios, debía existir una poderosa razón que el tiempo terminaría por contarme. Treinta y tres años después seguía con la misma incertidumbre. Posiblemente yo era sólo un eslabón más de una cadena centenaria en la que generación tras generación nadie se atrevía a mencionar la Casa y tampoco sabía por qué no la mencionaban los demás.

Fue así como crecí siempre bajo la atenta mirada de aquellas dos monstruosas palmeras. Me sentía vigilado. Fui siempre el mejor estudiante del colegio por miedo a que ellas tomaran represalias contra mí si no cumplía con mi obligación. Temía que de su tronco infinito salieran dos gigantescos brazos articulados que me cogieran por el cuello, me metieran en la Casa por la chimenea y nunca más pudiera salir de allí. Si siempre fui un ejemplo de educación, de predisposición con los demás, de esfuerzo y de aplicación, no fue por mis padres, ni por el maestro Don Nicasio, ni por una genética distinta de la de mis hermanos. Fue por el respeto que me infundía la mirada inquisidora de aquellas dos palmeras.

3 Respuestas a “Capítulo 1: La Casa”


  1. 1 alberto

    chulo, chulo me quedo con ganas de leer más…

  2. 2 rafamontoya

    Sigue, sigue, pero no vale estar muerto, ni guardar cadáveres con peluca! ;-)

  3. 3 Lu

    En mi pueblo, cuando era chica, también había una casona enorme al lado de la general, abandonada, con palmeras y rejas acabadas en punta. Pero nosotros éramos un poco animales y sí que entrábamos a veces, más que nada porque lo mejor estaba dentro: utensilios tan pequeñitos que parecían de juguete y un armario con una pierna ortopédica. Sobre el piso más alto, que se caía a pedazos, se contaban leyendas increíbles, pero a tanto nunca me atreví.
    Ahora esa casona es una posada bien fea. Espero que en tu historia no acabe así. Ni siendo un sueño de Resines ;-) Voy a por la segunda parte.

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